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CAPITULO UNO
Zas... se levanta el pelón

 

Que levante la mano aquél que nunca se sentó a ver el televisor a un lado de su padre, que levante la mano aquel que nunca se molestó por que, el pudoroso señor cambiaba de canal justo en el momento donde dos jóvenes de mirada temblorosa unían sus bocas, justo cuando la curiosidad te hacía despertar de aquel letargo –porque a los nueve años de edad, las nueve de la noche podrían ser las famosas altas horas de la noche como dicen los padres de antaño-

 

¡Me lleva la que me trajo! –piensas- este señor no me deja ver lo que pasa en la tele, ¿pues que acaso será algo malo?, pues total, si no quiere ver nada que se suba a dormir y que me deje a mi cambiarle a diestra y siniestra, además, uno es curiosos por naturaleza ¿cierto?, y al darte cuenta de que nunca podrás ver un programa completo, terminas como siempre, perdidamente dormido en el sillón del estudio.

 

Pero hay un Dios que todo lo ve y todo lo castiga señoras y señores, una madrugada de esas en las que te quedaste dormidísimo en el sillón a un lado de tu padre, un fuerte ruido te hace despertar sobresaltado y como si fuera un milagro un milagro te das cuenta de que tu padre se ha quedado dormido también y lo que más te agrada de aquella situación, es que ha dejado el televisor encendido y el mando a distancia completamente libre, al principio te pones nervioso -como cuando acompañabas a tu madre a Aurrera y te robabas las canicas del departamento de juguetes y al llegar a la caja para pagar, sentías que la cajera, que por cierto siempre te gustó su escote, te miraba con cara de “ya se lo que tres en las bolsas condenado chamaco roba canicas”- o sea que te la pasas mirando hacia donde se encuentra tu padre para cerciorarte de que no se está haciendo el jetón para agarrarte en la movida, entonces te la pasas echando ojeadas hacia la tele y hacia el, a la tele y luego a el, pero poco a poco agarras confianza y luego de un rato y de unos comerciales -de esos largos donde anuncian utensilios de cocina para señoras holgazanas que prometen nunca más perder las uñas en el intento por rayar el queso-, compruebas que el, nunca se despertará.

 

Los anuncios publicitarios terminan y entonces si, fijas todos tus sentidos en la pantalla, no entiendes nada de lo que está sucediendo pero sabes que con la debida paciencia, llegará ese momento tan esperado y si, efectivamente, de pronto –como siempre sucede- Mel Gibson, después de la balacera y los puñetazos, termina sonriente, empolvado y ensangrentado, en brazos de una hermosa chica, pero que digo hermosa, una güera puti-despampanante de cabello largo, ella lo mira a los ojos y el responde el gesto, lentamente ambos cierran los ojos y comienzan a aproximar sus rostros, tu, sin saber por qué, te pones aún más nervioso, nuevamente volteas a mirar a tu padre constantemente, Mel sigue aproximándose a la güerota y de pronto sus labios se juntan, alcanzas a ver como sus lenguas se entrelazan, el la abraza por la cintura, ella echa la cabeza hacia atrás y Mel comienza a besar su cuello, ella separa sutilmente sus labios, como invitándolo y se le van los ojos, o sea que se le ponen en blanco, Mel está haciendo su mejor papel mientras ella comienza a desabotonarle la camisa, tu te detienes un instante en tu agitación, tu estómago se siente igual que cuando te cacharon peleando en el colegio, las manos te sudan ligeramente,

 

Pero ojo... porque ahora es Mel quien le quita la blusa a la chava y mocos, ves el segundo brasier de tu vida –porque debemos recordar que casi siempre el primer brasier que uno ve en la vida es el de su madre- solo que este tiene un poder de atracción y perturbación desconcertante, y nuevamente mocos, pero que digo mocos, re-contra puti-mocos, si, Mel le ha quitado el brasier a la ultra-güerota, sus senos se ven tersos, suaves.

 

Mel comienza a hacer con ellos cosas que nunca antes habías imaginado, los acaricia con sumo cuidado, se los lleva a la boca, los aprieta y tu sientes que la sangre te sube a la cabeza, ella se recuesta en la cama y el se recuesta a su lado, los besos aumentan de intensidad y ella comienza a hacer un ruido parecido a un ronquido pero tu te sientes atraído, estas súper atento a cada detalle, Mel da media vuelta y queda boca arriba, la güerísima se sienta sobre el como si estuviera montando un caballo, su cabello cae sobre su espalda y con toda la calma del mundo acaricia el pecho de Mel –pinche Mel y pinche censura- lo besa no una ni diez, mil veces en el rostro y los labios, en el cuello,

 

Pero ojo... porque es aquí donde comienzas a sentir calor, pero es un calor extraño, este es de adentro para afuera ¿ok? y una ligera molestia en esa parte de tu cuerpo a la que tus padres llaman “el pajarito”, de pronto descubres que tu pajarito se levanta como el asta bandera del colegio cuando hacen los honores al lábaro patrio y justo en el momento en que empiezas con las maniobras adecuadas para asomarte a ver que es lo que está sucediendo en el interior de tu pijama, tu padre se da media vuelta y clarito ves como sus ojos entreabiertos se clavan en los tuyos.

 

Pegas un estruendoso grito de terror que hace que tu padre de un brinco en el cielo, te levantas hecho la madre, te llevas las manos a la entrepierna instintivamente y sales corriendo de la habitación, con cara de asustado y tremendo bulto entre las manos –y no es que yo sea de manos pequeñas-, subes corriendo la escalera hecho un mar de sudor, cierras la puerta tras de ti, te metes a la cama y muy bajito maldices a tu pajarito, que te pasa pajarito, que tienes, no te vayas a morir por que si te mueres entonces no podré hacer pipi.

 

Te quedas despierto un largo rato, con el corazón en un hilo y pensando que eres un bicho raro, ¿y ahora que sigue? –te preguntas- ¿acaso mañana despertaré con los brazos tiesos y las orejas puntiagudas?

 

Abajo, en el cuarto del televisor, tu padre se recupera del susto que le has propinado, mientras Mel se abotona la camisa, sin quitarle los ojos de encima a la güera que dormita en su cama balaceada.

 

 

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Antonio Andrade

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antonio@andrade.as