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CAPITULO CUATRO
Oh, my love… seat

 

Con el tiempo aprendí a manejar las situaciones con mi marciano, bastaba una serie de apretoncitos estratégicos para hacerlo reaccionar, a veces el condenado me escupía durísimo, pero en serio durísimo, imagínate, más de una vez me llegó su escupitajo hasta la frente, entonces yo me botaba de la risa porque ¿a quien más le ha escupido el marciano la frente? –y conste que solo estoy hablando del propio ¿ok?- Jar jar, pero yo lo regañaba porque no era posible que me hiciera esas cosas y menos a mi que tan bien lo andaba tratando últimamente, en fin, así pase infinidad de noches jugueteando con el pájaro-marciano hasta una noche en que sentí la necesidad de buscarme nuevos horizontes, nuevas manos para que me entiendas, y para no hacerte el cuento más largo, fue así como llegue al love seat del cuarto del televisor, -nunca supe exactamente porque pero esa rayita que se dibujaba en la unión de sus cojines como que se me antojaba-, bastaba con poner al marciano entre los cojines y hacerme un switch mental, o sea, replicar los sueños que me provocaban sobresaltos para empezar con la faena y hacerle el love al love seat y ahí me tenías, del tingo al tango casi todas las noches.

 

Pero ojo... porque es aquí donde, con el paso de los días comencé a perderle el gusto al susodicho sillón pues luego de un rato de frotar al marcianito contra el o mejor dicho, a favor de sus cojines, como que me empezaba a doler y que digo a doler, me comenzaba a puti-arder y fue así que dediqué días enteros a encontrar el modo de evitar tales molestias y una tarde, como iluminado por los dioses, ¡zas!, que me encuentro una botella de crema para manos,

 

es serio, de esa que usan las mamás por las mañanas, después de la ducha y manos a la obra, que me robo la botella, “ahora es cuando chile verde le haz de dar sabor al caldo” –me dije- y puse un poco en la rayita del love y otro tanto en el marciano, me programe la historia de la güera despampanante con la que había soñado noches antes y ¡órale güey!, que me le dejo caer al sillón, puta madre, que sensación tan distinta, mientras mentalmente desnudaba a la chava de mis sueños, el apretar de aquellos cojines iba intensificando las imágenes, era una especie de sinfonía de Beethoven o algo así como sus sonatas para piano, donde todo es un sube y baja ultra-intenso, nada que ver con la mano o con los sueños, era cabronsísimo, era una especie de manota y un sueño a la vez, de pronto las piernas se me debilitaban y sin más, ¡sopas!, ahí descargaba el marciano y yo me quedaba sudoroso y jadeante sentado en el suelo.

 

Pasé las mejores madrugadas a escondidas con el señor sillón -¿o debería llamarle señora?- mi madre me preguntaba por el notorio descenso en el botecito de su crema y del papel higiénico –porque siempre fui muy cuidadoso en darle su chaineada al sillón después de mi sacrosanta dosis de placer, ¿ps a poco crees que soy tan menso?- y como siempre yo le respondía que no sabía, llegó a tal grado mi adicción por mi nuevo amigo -¿o debería llamarle amiga?- que empecé a hacerle visitas hasta dos veces por día, ya no me importaba el horario, por veces me bastaban cinco minutos para sentirme cómodo y satisfecho y a veces pensaba que de grande pondría una mueblería, para poder tener todos los sillones que se me antojaran, imagínate, “cerrado por inventario” y yo haciéndole el inventario a todos los sillones de mi mueblería, ¿de poca madre no?.

 

Pero ojo... porque es aquí que esta, como todas las historias tiene su lado trágico,

 

una mañana, mi madre llegó con la cruel noticia de que le habían dado un aumento de sueldo y que lo primero que haría, sería deshacerse de ese viejo sillón, no mames mamá –pensé, porque de seguro que si se lo digo me rompe el hocico de un bofetón- si ese es mi sillón favorito, “vamos hijo, acompáñame a quitarles los cojines para ponerlos en remate”, ¡putísima madre!, los cojines, si mi mamá los ve me mata, -o sea, no todos los días te encuentras los cojines gastados exclusivamente de la rayita no? y mucho menos ultra-almidonados-, no te preocupes mamá, yo los quito, y es más, los envuelvo en plástico para que se vean más nuevecitos, tu descansa por favor, salí corriendo en chinga a quitarlos y más en chinga los envolví mientras mi madre hacía unos carteles de “Vendo sillón usado en buenas condiciones, barato”.

 

Fue una familia por mi desconocida la que se llevo el sillón y con el mis pininos y las noches de placer des-enfrenado, todavía recuerdo que salí corriendo detrás del camión de la mudanza, con lágrimas en los ojos, quise gritarle al chofer que se parará y confesarle todo a mi madre para que no se lo llevaran, pero un grito me detuvo, “¡hazte a un lado hijo que te atropellan!” y clarito vi a un camionzote que venía en sentido contrario por la calle, se detuvo justo frente a la casa, de el descendió un hombre corpulento que le dio a firmar unos papeles a mi madre y comenzaron a bajar un nuevo sillón, una vez dentro y acomodado el sustituto de Regina –así le puse al viejo sillón pues, ¿que quieres que te diga?-, mi madre le dió una propina al chofer y poco a poco le fue quitando las coberturas de plástico, con sorpresa descubrí que este era de piel, piel efectivamente, piel que podría traerme sensaciones aún mas cercanas a mis sueños, ni modo mano –me dije para mis adentros-, tendré que quitarle los calzones a la hija de Lolita en la próxima visita, la del estrenón, la del remojo... ¿por qué sonríes tanto hijo? –me preguntó mamá- no es nada ma', es que este sillón es muy bonito y se siente tan suave, ¿podría pasar la noche en el?.

 

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Antonio Andrade

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antonio@andrade.as