CAPITULO CINCO El cuento de la abeja y la flor, el perro y la perra, el gallo y la gallina, y de postre...
No se en que momento se le ocurrió a mi madre que eso sería educativo, figúrate, un fin de semana por la tarde se le ocurrió ponerme cara de seria, sentarse a mi lado y decirme en el tono más solemne que se pudo haber manufacturado “hijo, tenemos que hablar”,
Pero ojo... porque es aquí donde uno se dice a si mismo -¡no mames!-, o sea, en ese momento yo sentí que se me caían los calzones, pero hasta abajo, que digo hasta abajo, hasta el puti -suelo, me cae, ¿pues que había hecho ahora?, -si de lo del sillón pues ya había pasado mucho tiempo y según yo ni se había enterado-
en fin, me dije a mi mismo, conserva la calma maestro, no pasa nada y con mi cara más mustia miré a mi madre y en tono calmado le dije, “claro ma , dime, en que te puedo ayudar”, o sea, bien aca , don dueño de la situación.
Recuerdo que llevaba entre las manos un libro de esos que tienen miles de colores, lo abrió en la primera página, me volteó a ver de nueva cuenta y me dijo... “pues hijo, creo que es momento de que platiquemos sobre algunas cosas” y se soltó -con ilustraciones, ejemplos y toda la cosa- a contarme la historia de la reproducción animal, no mames, me contó desde como la abejita pasa de flor en flor recolectando el polen para que las esporas y los pistilos hagan su trabajo y así se de vida a una nueva flor, hasta como los perros –que definitivamente no estaban jugando al caballito como decían mis amigos del colegio- se agarran a mordidas y gruñidos y luego llega el milagro de la vida en un montón de ciegos y babosos perritos chillones, puta, que bonito, si hasta me estaban dando ganas de llorar, -me cae que la madre naturaleza es bien sabia- y en eso y sin avisarme o decirme “agua va”, que mi madre pasa la hoja y zas , tómala barbón, mocos cachetón, que me encuentro a una vieja en pelotas impresa en la página 69 de aquel libro -del cual, desgraciadamente no recuerdo el nombre, ni la editorial-, no, pues si, que se me van las fuerzas, que empiezo a babear copiosamente –como cuando mi pajarito se convirtió en marciano je je je - y no se si mi madre se dio cuenta o era parte del chow , pero inmediatamente que me cambia de página, ¡ buuuu !, pues que es eso, no se vale, ¿o que?, ¿si?.
Pues más rápido que el tren bala o el concord mi madre llegó hasta una hoja en donde se mostraban un güey y una chava –supongo que eran novios porque los dos estaban encuerados- y abajito de ellos unos dibujos bien raros, me cae, nunca había visto cosa semejante y mucho menos escuchado nombres tan raros como los que comenzó a decir mi madre, me habló de unas madres con trompas llamadas falopios , de los óvalos y las mórulas , de los esperpentozoides y los ovarios –supongo que con el paso de los años dejan de ser varios y se vuelven contados-, el tal Lutero –a ese ya lo conocía por las clases de religión en el colegio- y de la unión sexual, de la cópula mamífera y de todo el proceso de digestación , -o sea, todo el tiempo que pasa el bebé dentro de la barriga de su madre- y finalizó con un sermón sobre el amor, un “y así es como vienen los niños al mundo mi amor”, nuevamente puso cara de seria y fue entonces que me advirtió dos cosas...
1.- No puedes contarle a nadie de la escuela esto que ya te platiqué, porque a algunos niños no se los han dicho sus papás y eso es algo que solo los papis y las mamis le pueden decir a los niños ¿ ok ?
2.- No se te ocurra por nada en el mundo practicar nada de lo que hemos platicado ¿ ok ?, eso es para que sepas como llegan los niños al mundo y para que lo hagas pero cuando seas grande.
Pero ojo... porque es aquí donde se dice el segundo no mames de la historia, porque mi santa jefecita me hizo prometerle que cumpliría con estos dos puntos de modo riguroso y pues ya entrados en gastos, se lo prometí, ya sabes, con una mano en el pecho y la otra en el marciano y la frente muy en alto, -muy de pipa y guante yo ¿no?-
¿Pero es que de verdad mi madre no se había puesto a pensar en las consecuencias de aquella inocente plática de alcoba?
Ahora ya no podía ver a la maestra Mari-Lupe –era la maestra de español de la escuela de puros niños de la que ya te platiqué- con los mismos ojos, todo, absolutamente todo en ella tenía un aire de misterio, sus medias transparentes, sus piernas grandes y velludas, su peinado, sus vestidos entallados, sus senos enormes, o sea, nunca me había yo fijado en los senos de nadie hasta que mi madre me contó el cuento de la abeja y la flor, la gallina y el gallo, el perro y la perra, ahora soñaba seguido con ella –con la maestra ¿eh?, no sean mal pensados-, me pasé tres años de secundaria esperanzado en que ella llegaría un día en el recreo como la hija de la mis Lolita y me enseñaría los calzones y me dejaría quitarle las medias y a veces, en mis sueños más perversos, ella entraría al salón, uno de esos días en los que me quedaba solo y me acariciaría el pelo y la espalda, mientras yo la abrazaba.