Pues si mis queridos lectores, como bien dijo quien quiera que así lo haya dicho, “la práctica hace al maestro”, ¿y bien?, pues nada, que luego del capítulo siete, viene el ocho, o sea, que tu te la pasaste sumergido en las gloriosas mieles del descubrimiento y la provocación de la queilitis , -mejor conocida por los estudiosos de las etimologías greco-latinas, como una inflamación labial, propia del exceso de frotamiento de los mismos- en pocas palabras, te la pasaste besuquéando a tu noviecita algo así como un buen rato, pero que digo un buen rato, un mega puti - ratísimo de esos que duran muchos días y como era de esperarse, ¡ zas !, pronto te descubres enredado en la maraña de la dependencia que los besos apasionados te crean y entonces si, tu linda enamorada y tu comienzan a ser re-conocidos dentro de los distintos núcleos escolares como “Los ventosa” y constante-mente se ven obligados a huir de sus burlas y ya de paso, pues a buscar un rinconcito apartado para sus –cada vez más constantes- intercambios salivales.
Haciendo un análisis profundo de la situación, podríamos decir que no hay nada nuevo o turbio bajo el sol ¿cierto?, ¿o que, a poco nunca te diste tus escapaditas infantiles?
Pero ojo... porque es precisa-mente en este momento donde, sin poderte hallar una explicación del todo convincente, comienzas a experimentar ciertas sensaciones que son perfecta-mente comparables con la ansiedad, -así como cuando tu padre le cambiaba de canal al tele-visor, ¿a poco no?- y entonces no solo las sesiones de besos comienzan a prolongarse, también tus jugueteos íntimos comienzan a ser mas intensos.
Y es así como terminas formando parte de las copiosas filas del club “busquemos lo oscurito” y comienzas a organizar reuniones y tertulias en casa de cualquier amigo o conocido a quien los dioses hayan iluminado con la ausencia de sus padres durante el fin de semana y aunque las mencionadas reunioncitas nunca cuentan con justificación aparente –porque debemos recordar que, por lo regular, en esta etapa de la vida, el dominó, el alcohol, los cigarrillos y las drogas ligeras, no formaban parte de tu modus - divertimentis -, nunca hizo falta quórum y es apegándote a los estrictos estatutos del club “busquemos lo oscurito” que descubres la magia oculta de “la semana inglesa”, el nerviosismo latente de “la gallinita ciega”, la exorbitante tensión de “verdad o reto”, la cosquilla traicionera de “Romeo y Julieta en el museo de cera” y la inexplicable sublimidad del “ Twister ”
Pero una de esas tardes, que digo una de esas tardes, una puti -gloriosa tarde de esas en que todo parecía sucederse normal-mente, apareció en la escena un ser, quien con aire des-preocupado, mirada penetrante y sonrisa burlona preguntó “¿ ps a poco nunca han jugado el juego de la botella mocosos?”, no mames, todos los presentes nos quedamos de a seis, boqui-abiertos, anonadados, perplejos, impactados, calladitos, quietecitos , des-conozco si fue por su facha –imagínate, llevaba el cabello largo, arracadas, cigarrillo sin filtro entre los labios, botas industriales, pantalón jeans rasgado y chamarra de cuero-, por su repentina aparición o por su voz aguardentosa, pero de que consiguió captar nuestra atención, lo consiguió.
“Yo me llamo Juan chavos , pero pa ' los cuates soy la leyenda en-mascarada, el hay nanita de estos lares , el chiras pelas del polvorín, la perra brava del barrio mejor conocido por la banda como... el Chicarcas , ¿ ps ' a poco no?”
Todo parecía muy sencillo y normal, sentarse en círculo, colocar una botella vacía al centro, hacerla girar y esperar hasta que se detuviera, luego entonces, el moderador del juego formulaba la pregunta “¿verdad o castigo?” y dependiendo de su respuesta, se desarrollaba el juego, las preguntas podían ir desde cuantas veces o con cuantas personas te habías besado, hasta indagar en tus fantasías más profundas y los castigos dependían de la imaginación y creatividad de la persona que estuviera a tu derecha.
-Pero por azares del destino e imposición del escritor de esta saga-, ¿adivina quien se encuentra sentadote a tu derecha –o sea, a la derecha del hijo del padre- con cara de gozo?, nada más y nada menos que el Chicarcas , puta madre, de haberlo sabido, me cae que , o pides esquina o de plano -y hasta de curveado- emprendes la nunca decorosa huída y es así como, al cabo de unas cuantas rondas, terminas con un zapato en la boca después de haberte tomado un tesito de calcetín usado y brindándole un apasionado beso con duración superior a un minuto, al trasero del perro, del dueño de la casa, - pinche Chicarcas , pinches patas apestosas de tus cuates y pinche dueño del perro que no lo había bañado-
Las cosas comenzaron a ponerse candentes, a caldearse –como dicen los abuelos- y entonces, las preguntas fueron suprimidas por decisión unánime y los castigos comenzaron a incluir besos de lengüita, pellizcos de nalgas, cachetadas de esas ultra-manchadas que te hacen acordarte de la santa progenitora de quien las reparte y hasta mordidas de oreja, pero –como era de esperarse- y como debe suceder en este tipo de historias, de pronto, la boca de la botella apunta nueva-mente hacia ti y sin darte tiempo a reclamos, súplicas o apelaciones, el Chicarcas suelta de su ronco pecho, un castigo que nunca antes habías imaginado recibir...
“ Ps ' yo no quería, pero ni-modo valedor, te me vas a tener que encerrar por cinco monitos en el cuarto de lavado, con la de ver apagada y en compañía de tu morra aquí presente y chin chin si no regresan colorados y despeinados ¿ ps ' a poco no?”
¡Mocos y re-contra mocos buey!, ahora si papá, porque eso que ni que, una cosa es andarte agarrando a besos a diestra y siniestra en cualquier rinconcito del colegio y otra es aventarte un encierro obligado sans luz -o sea sin luz-, ¿pero sabes que es lo mejor de todo?, cuando ella se ante-pone a la timidez aceptando tu cercanía y sin más, te permite besarla, y ahí estás, como en tus escapaditas escolares, beso y beso, lengüita por aquí y lengüita por allá y por primera vez en tu corta existencia, experimentas esa extraña sensación que, -sin tu saberlo aún- te acompañará por el resto de tus días y entonces si, siguiendo paso por paso las enseñanzas televisivas del maestro Mel Gibson , separas tus labios de los labios de la inter - fecta y sin decir agua va, los posas en su cuello, lo besas no una, ni dos veces, muchas más hasta que de pronto, ella hace un extraño movimiento de manos...
Pero ojo... porque es precisa-mente en este momento donde la sangre se te congela en las venas, tu corazón se detiene un instante y da un vuelco, te quedas petrificado, aterrorizado pues descubres que tu marciano ha sido rodeado por la secta “manos ajenas”, intentas detenerla balbuciendo incoherencias a diestra y siniestra sin obtener resultados, ella está fuera de si, su avance es in- minente y te besa el cuello con ansiedad, o sea como con prisa y tu, presa ya de la desesperación y temiendo una invasión al extraño habitante de tu entre-pierna, solo atinas a propinarle un empujón digno de los luchadores profesionales y sales corriendo del cuarto de lavado, entras a la cocina como alma que lleva el diablo, sales de la cocina, entras en la sala, sales de la sala, abres la puerta que da a la calle y pones pies en polvorosa.
“No te agüites mi buen, no es culpa tuya que el pizarrín trabaje como con mando a distancia, ps ' total, ya conociste a la mano peluda, ¿ ps a poco no?” me dijo el Chicarcas entre risas el lunes siguiente a la salida del colegio mientras observaba como la niña de mis sueños y la acreedora del mote “primer amor” se alejaba sin siquiera dirigirme la mirada.