¡A mi nadie me da la espalda de semejante manera!, te dices soberbia-mente para tus adentros más profundos después de que la pobre chica que azotaste contra la pared del closet en el capítulo anterior y a quien te atreves a llamar “novia”, te retiró el privilegio de la palabra y hasta el del saludo por más de tres días y es entonces que, completa-mente ardido, te das a la tarea de recuperarla.
Que bárbaro, haces y des-haces de todo, le dedicas los más candentes y llegadores poemas del autor contemporáneo Antonio Andrade, los versos más tristes de un tal Neruda y hasta las canciones de Andrés Calamaro del disco Tinta Roja –que por cierto, está buenísimo- hasta que por fin, ella accede a entrevistarse contigo, pero pone como condición que la entrevista se lleve a cabo en su casa , alegando que ahí se sentirá más segura, así es que a la hora de la salida, se van juntitos los dos hasta el mencionado in-mueble.
Una vez ahí, ella te invita a pasar y ya bien instalados en la sala, comienzan a dialogar, intentas explicarle de mil y un formas el porqué de tu reacción en el closet y que si los nervios de punta y que si las cosquillas de la primera vez y todo lo demás, hasta que ella rompe el silencio con una sonora carcajada y te dice, “pero si no era para tanto bonito, a ver, ¿que nunca tomaste en cuenta que eso nos era nuevo a los dos?, no te preocupes, pero una cosa si te advierto, tu me vuelves a aventar de esa manera y yo te mando derechito a la fregada ¿ ok bonito?, ¿quieres comer?”
No mames, de haberlo sabido no hago tanto pinche drama, me cae que cuando las mujeres deciden ponerse sus moños, se los ponen, o como dice el Chicarcas “no carnal, de que la mona se viste de seda, pus a ver quien la des-viste ¿ ps a poco no?”, pues ni modo, “¿y que hay para comer corazón?” le preguntas ya, con el clásico e hipócrita tono de cuando uno se sabe perdonado, ya sabes, como si nada hubiese sucedido y después de tres bistecitos empanizados, cuatro raciones de puré de papa, dos platos de fideos secos y ocho vasos de agua de limón, ella te toma de la mano, te da un sutil jaloncito y juntos, suben a su habitación.
Pero ojo... porque es en esta parte de la historia donde yo me pregunto, ¿a que especie de atrofia mental responde esa extraña necesidad de las mujeres por coleccionar muñecos de peluche?, es que te encuentras de todo, monstruosos elefantes de colores que no he conseguido ver ni en la peor de mis resacas, ratones des-comunales, como los políticos de México –o sea unas ratotas, pero que digo ratotas, unas puti - asquerosérrimas mega ratotas que disque nos gobiernan-, changos de brazos largos, cortos, mega largos, con bananas, encajonados, embolsados, englobados y hasta con corazones que ostentan leyendas melosas, ositos, osotes, oseznos, perros, dinosaurios y hasta personajes televisivos, lo que nunca entendí fue porque no tenía su súper muñeco de acción del Chicarcas en pijama.
Ella cierra la puerta a su espalda y con un gesto que va, muy por encima de lo natural, se aproxima traviesa-mente hacia ti, tu, victimado por ese característico pánico del hombre que no acostumbra los íntimos encuentros de pareja, comienzas a retroceder cobarde-mente hasta que ¡mocos buey!, el suelo se te acaba y te descubres tendido sobre la cama con la susodicha a escasos centímetros de ti, sonriendo de un modo maquiavélico, tratas de huir pero un certero movimiento de su pierna te lo impide y sin darte cuenta de cómo o porqué, te descubres debajo de ella, invadido de besos y caricias, estás aterrado y a la vez extasiado, no consigues hacer más, que acceder y responder las caricias, la abrazas fuertemente mientras besas su boca con locura, ella comienza a respirar profunda-mente y tu empiezas a apretar su cuerpo contra el tuyo, rozas discreta-mente sus muslos y caderas por encima del textil que los cubre -mejor conocido por el pópulo como pantalón-, ella responde con una serie de intensas mordidas en los lóbulos de tus orejas, por fin te libera y se recuesta a tu lado sin dejar de besarte y comienza a acariciarte la espalda mientras da discretos y excitantes lengüetazos a tu cuello, tu ya estás que no te la acabas, quisieras desnudarla por completo y besar todo su cuerpo , de pronto, como impulsado por una fuerza sobre-humana, el marciano se despierta y comienza a ejercer una presión nunca antes experimentada, ella lo nota y nueva-mente hace el intento por posar su tierna mano sobre tu cremallera, tu decides aguantarte las ganas de salir corriendo y descubres lo maravillosos de aquella situación, haces lo propio por encima de su prenda y juntos, se entregan de lleno a los placeres de los juegos táctiles super -textiles hasta que ella decide ir más allá, entonces des-abrocha tu cinturón, des-abotona tu pantalón y entonces si, tu excitación se convierte en pánico, pero que digo pánico, tu excitación se convierte en un ultra intenso puti -terror de esos que solo creías posible en las novelas de Stephen King pero más intenso porque en ese preciso momento recuerdas su amenaza proferida momentos antes y te das cuenta de algo muy cabrón, ¡no la puedes empujar y salir corriendo porque la pierdes!, puta madre y ni modo de propinarle un puñetazo al más puro estilo del Maromero Páez porque entonces, aparte de perderla te rompe la madre y además te demanda.
Pero ojo, ¡si!, porque es en esta parte del cuento donde ella, haciendo uso de su sexto sentido, se da cuenta de tu situación y toma distancia, disminuye la intensidad de sus caricias y modera la frecuencia de sus besos, retira juguetona-mente su mano de tu aterrado marcianete cara de cuete y te sumerge en un tierno y apapachante abrazo, tu comienzas a recuperar la calma y ya entrado en confianza, eres tu quien comienza, otra vez, con el ritual de las caricias...
Ella no pone resistencia y sin que puedas evitarlo, comienza a des-abotonar su propio pantalón, lo corre un poco hacia los muslos dejándote ver discreta-mente, un poco de su calzón, que bruto mano, ojalá la maestra Lolita hubiera sido tan comprensiva, tu, como buen inexperto profesional, fijas la mirada en aquella hermosa prenda, ella, con gesto temeroso pero seguro –así son todas, me cae, si hasta parece que lo tienen ensayado- te indica que ha llegado el momento de probar nuevos terrenos, así es que sin más ni menos, colocas tu mano de la forma más grotesca que te es posible sobre sus chones , en serio, ella rompe, -por segunda ves en la tarde- en profusas carcajadas y para tu sorpresa, se abalanza sobre ti, textual-mente te monta, tanto tu como el marciano se dan cuenta de un sentir completa-mente distinto a lo conocido, ambos enfrentan una in-explicable necesidad, ¿qué te pasa marciano, que nos está pasando, que debemos hacer? y por estar sumergido en tus baratas cavilaciones no te das cuenta de que ella a comenzado a hurgar dentro de tus pantalones y de pronto...
¡Mocos mi rey!, tochdaun , gol, canasta, bingo, un dos tres por mi y por todos mis compañeros, zapatito blanco zapatito azul, un dos tres calabaza, buldog, ¿quién es ese que anda ahí?... cero y van dos, te dices tan solo para ti, primero la aviento contra el muro del closet y ahora esto, pues como dicen sabia-mente los locutores del béisbol de las grandes ligas, ¡se va, se va... se adelanto señoras y señores, hand run !